7 de diciembre de 2012

El creador de materia

Con mucho esfuerzo, levantó el rostro hacia el cielo y abrió los ojos. El impacto de las gotas de lluvia le hacían parpadear con frecuencia, pero durante breves instantes podía ver su descenso, la forma, el espacio infinito entre ellas, el golpe de frío que dejaban tras de sí... Tan perfectas. Casi parecían reales.

Descendió de la colina y se adentró en el bosque, patinando en el césped mojado sin llegar a caer, había hecho el mismo recorrido tantas veces que conocía cada brizna de hierba que pisaba, evitaba las raíces que emergían de la tierra sin necesidad de mirar al suelo y se apoyaba en los troncos de los árboles con una caricia. Conocía esos bosques tanto como a sí mismo, tal vez más. En unos instantes salió del bosque y atravesó la pequeña explanada hasta llegar a la casa. Cerró la puerta tras sí y subió de cinco zancadas la escalera hasta la Sala de los Engranajes.


No recordaba nada de antes, de cómo había llegado a aquél lugar. Su memoria comenzaba con la niebla, la humedad tomando forma en su piel, el vapor saliendo de su boca, y los árboles. Despertó en mitad del bosque sin más pertenencia que una llave colgada al cuello, sin saber quién era ni dónde se encontraba, pero su cuerpo parecía conocer el movimiento, sus piernas sabían ponerse en pie y sus manos tantearon en la espesura hasta llegar a la casa. En ella no encontró a nadie, a pesar de estar llena de objetos y víveres, el recibidor daba directamente a una sala de estar en la planta baja, una cocina abierta y un baño en un extremo. En un lado una escalera llevaba a la planta superior, donde sólo había una habitación cerrada con llave.

No hubo necesidad de detenerse a pensar, sabía que la llave que llevaba consigo abriría aquella puerta, lo que no imaginaba, es lo que encontraría tras ella.

Había cientos de engranajes, de bronce y plata, que crecían como las ramas de un árbol inmenso, en el suelo eran enormes como barriles de cerveza, y a medida que iban subiendo hacia el techo de la habitación se hacían más pequeños, hasta alcanzar el tamaño de un botón, encajándose unos con otros, como las piezas de un puzzle. En el centro de la habitación se levantaba una columna de mármol gris, en ella reflejaban destellos dorados y plateados de las piezas que llenaban la habitación, pero parecía emitir luz por sí misma. Labrado con letras en bronce, un mensaje rodeaba la columna con un abrazo en espiral.


"El materialismo es tu condena, 
mas tu jaula no está hecha de material 
destructible
En la mente del que aguarda
 con el tiempo y la distancia entre sus fauces
se halla la llave 
que abre la puerta que entra"




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